miércoles, 15 de octubre de 2014

Carta de un anciano a su hijo pidiendo comprensión y paciencia.

Querido hijo:

El día que me veas viejo y ya no sea yo el mismo de antes, te pido que tengas paciencia e intentes comprenderme.
Cuando, comiendo, me ensucie; cuando ya no pueda vestirme rápido y necesite ayuda: no te desesperes.
Recuerda las horas que pasé enseñándote a hacer las mismas cosas y lo que te costó aprenderlas.

Si, cuando charlamos, repito y repito las mismas historias, mil y una veces, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño, a la hora de dormir, te tuve que explicar mil y una veces el mismo cuento hasta que cerrabas los ojitos.

No me avergüences cuando no quiera bañarme, ni me regañes mucho. Recuerda cuando eras niño y tenía que perseguirte y las mil excusas que inventaba para que quisieras bañarte.

Si me hago mis necesidades o huelo mal, no me avergüences ante los demás. Comprende que no tengo la culpa de ello, ya no puedo controlarlas. Piensa cuántas veces cuando eras niño tuve que cambiarte los pañales, limpiarte después de ir al baño o sonarte la nariz.

Cuando me veas inútil e ignorante sobre los nuevos aparatos y las nuevas tecnologías, te pido que me des todo el tiempo que sea necesario y no me mires con tu sonrisa burlona. Acuérdate con que paciencia te enseñé a hacer tantas cosas … Comer bien, vestirte … Y como afrontar la vida. Muchas cosas son producto del esfuerzo y la perseverancia de los dos.

Cuando en algún momento que hablamos pierda la memoria o el hilo de nuestra conversación, dame el tiempo necesario para recordar. Y si no puedo hacerlo, no te pongas nervioso, seguramente lo más importante no era mi conversación y lo único que quería era estar contigo y que me escucharas un ratito.

Si alguna vez no quiero comer, no me obligues. Conozco bien cuándo lo necesito y cuándo no. También comprende que ya no tengo los mismos dientes para morder, ni el gusto para saborear.

Cuando me fallen mis piernas cansadas y no me sea fácil caminar, dame tu mano amiga de la misma manera en que yo lo hice cuando tú diste tus primeros pasitos.

Yo te pagaré todo con una sonrisa y con el inmenso amor que siempre te he tenido. Algún día descubrirás que, pese a mis errores, siempre quise lo mejor para ti e intenté facilitarte el camino que debías hacer.

Y si algún día te digo que ya no quiero vivir, que quiero morir, no te enojes. Debes entender que esto no tiene nada que ver contigo, ni con tu amor, ni con el mío, ni siquiera con mi fe en Dios. Tienes que comprender que a mi edad ya casi no se vive, sino que sólo se sobrevive y no es fácil.

No debes sentirte triste, enfadado o impotente por verme de esta manera. Simplemente dame tu amor, estando a mi lado. Me estoy preparando para una nueva vida y no me es fácil. De la misma manera como yo te acompañé en el principio de tu camino por este mundo, te ruego que me acompañes, con amor y paciencia, a terminar el mío.

Te quiero hijo…

Firmado: Tu padre, tu madre, tu abuelo o tu abuela…

Tomado de Juan Jauregui


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